Dos pibes, un Trezeguet Copa Argentina: la paridad como defecto Demasiado Buenos Aires: el interminable centralismo del fútbol argentino El final del siglo XX

12 de agosto de 2014

por Cristian Vázquez

El domingo River debutó en el Torneo de Primera División 2014 empatando 1-1 ante Gimnasia en La Plata. Alineó en su formación dos delanteros categoría 1996: Sebastián Driussi y Lucas Boyé. El primero había jugado dos partidos en Primera (vs. Argentinos Juniors en el Inicial 2013 y vs. San Lorenzo en la final de la temporada 13/14), mientras que el segundo había debutado un par de semanas antes, en el choque vs. Ferro por la Copa Argentina 2014. Entre ambos sumaban, el día del partido, una edad de 36 años y 345 días.

Para esta temporada, River descartó a David Trezeguet, delantero que tenía contrato con el club y soñaba con retirarse con la banda roja en el pecho. Si bien está en el final de su carrera, todavía podía aportar calidad y goles. Pero el propio técnico, Marcelo Gallardo, admitió que la decisión fue de los directivos. Jorge Brito, vicepresidente, aseguró que se prefirió «priorizar el grupo», y que «hay cosas que tienen que ver con los códigos del fútbol y hay que respetarlas». Trezeguet no tuvo mayor empacho en señalar a Cavenaghi como el responsable de que no volviera a la institución. El día del empate ante Gimnasia, Trezeguet tenía 36 años y 299 días.

Sí: los dos atacantes de River en su debut oficial sumaban, entre ambos, apenas 46 días de vida más que David Trezeguet. Cuando Driussi y Boyé nacieron (en febrero del 96), Trezeguet ya llevaba un año y 8 meses jugando en Primera. Driussi y Boyé eran bebés de 4 meses cuando River ganó su última Libertadores, y quizá necesitaran ayuda para caminar —tenían poco más de dos años— en los días en que Trezeguet se consagraba campeón del mundo jugando para Francia, en ese mismo país.

Como es normal, teniendo en cuenta su inexperiencia y juventud, Driussi y Boyé no se destacaron en el partido contra Gimnasia. Fueron sus sustitutos, Teófilo Gutiérrez (29 años) y Rodrigo Mora (26) quienes generaron peligro: el colombiano convirtió el único gol del equipo y el uruguayo estuvo 
a punto de marcar el segundo. Cavenaghi (30), el responsable de la salida de Trezeguet, está lesionado y probablemente no juegue en todo el campeonato.


Para quienes estamos acostumbrados a trabajar donde y como se puede, con los compañeros que te tocan, te lleves con ellos bien, regular o mal, que esta clase de caprichos se toleren en el fútbol parece absurdo. Se toleran alegando siempre esos dichosos «códigos», unas reglas no escritas que emparentan este deporte más con la mafia que con la actividad laboral de la mayoría de los mortales.

En cualquier caso, hoy por hoy, dos delanteros juveniles no hacen un Trezeguet. La sapiencia de un jugador de su categoría todavía compensa lo que perdió en lo físico. Y para Gimnasia no habría sido lo mismo el domingo tenerlo enfrente que a dos pibitos que no jugaron casi nunca. No tengo nada contra Cavenaghi, al contrario, le tengo cariño. Y ojalá Mora y Teo Gutiérrez y Driussi y Boyé la rompan esta temporada y metan 200 goles y seamos campeones otra vez. Pero estoy convencido de que Trezeguet y los hinchas nos merecíamos una oportunidad más, y la gratitud de verlo decir adiós con nuestros colores. ■


5 de agosto de 2014

por Cristian Vázquez

Arsenal, cara A: campeón de Copa 2012-13
La Copa Argentina, certamen oficial de la AFA que actualmente transita su tercera edición, se presenta como «el máximo torneo integrador», porque lo juegan «clubes de todo el territorio». Además de la distribución geográfica de sus participantes, hay otra características particular de esta competición: la disputan equipos de todas las categorías del fútbol argentino, desde la Primera hasta la D, pasando por todos los torneos intermedios: Nacional B, B Metropolitana, Argentinos A y B y Primera C.

Digamos un par de obviedades: se supone que los equipos de categorías superiores en general son mejores que —y, por lo tanto, la lógica indica que deben imponerse a— los de categorías inferiores. Sin embargo, la Copa Argentina no refrenda estas verdades. Los equipos eliminados por rivales de divisiones inferiores son tantos que el término «sorpresa» ha ido perdiendo progresivamente su razón de ser.

Es cierto que en muchas ocasiones se presentan formaciones secundarias, no compuestas por los habituales titulares, sobre todo por dos motivos: a menudo se desestima el torneo y se usa como banco de pruebas, muchas otras veces se prioriza otra competición. Esto se debe, también, a los desaguisados organizativos de la AFA. En junio de 2013, Independiente estaba al borde del abismo del descenso. El miércoles 12 debió jugar por los octavos de final de la Copa Argentina frente a Arsenal. Es normal que haya alineado un equipo alternativo. Perdió 1-0 y quedó eliminado en Catamarca. Tres días después, el sábado 15, la derrota por el mismo marcador ante San Lorenzo en Avellaneda lo condenó a jugar por primera vez en la B Nacional.


VENTAJA MÍNIMA PARA LOS EQUIPOS DE PRIMERA

Más allá de estas cuestiones, ¿cómo les fue en general a los equipos de Primera División cuando enfrentaron a rivales de otras categorías? En la historia moderna de la Copa Argentina, los equipos de Primera han participado hasta el momento de dos ediciones completas (2011/12 y 2012/13) y de una ronda —los dieciseisavos de final— de la actual (2013/14)*. Y han enfrentado en 80 oportunidades a rivales de divisiones más bajas: 32 partidos contra equipos de segunda división (es decir, del Nacional B), otros 32 contra equipos de tercera (Primera B Metropolitana y Torneo Argentino A) y 16 contra equipos de cuarta (Primera C y Torneo Argentino B). Veamos cómo les fue en cada caso.


De los 32 duelos contra representantes del Nacional B, más de la mitad (17) acabaron empatados. En las definiciones por penales, los equipos de Primera se impusieron 10 veces y los del Nacional, 7. En los 90 minutos, los de Primera ganaron 8 partidos y perdieron 7. También la cantidad de goles fue muy pareja: 30 a 28 a favor de la Primera (y el promedio es inferior a 2 por partido).

Los enfrentamientos entre equipos de Primera y tercera división también muestran una llamativa paridad. Los de la división mayor ganaron 13 partidos y perdieron 10 (sí: perdieron más veces contra los de tercera que contra los de segunda). En 9 ocasiones hubo empate, de las cuales 5 veces clasificaron por penales los de Primera y 4 los de la B Metropolitana o Argentino A. La diferencia de goles fue de 12 a favor de los de Primera: 39 a 27.

Recién en los choques contra equipos de cuarta división, los equipos de Primera establecen una supremacía rotunda. Ganaron 13 de los 16 partidos, empataron 2 (con una tanda de penales ganada y otra perdida) y perdieron sólo una vez (en los dieciseisavos de final de la 2011-12, Arsenal cayó 2-1 ante Sarmiento de Resistencia, que militaba en el Torneo Argentino B). Metieron 33 goles y recibieron solamente 7.

Arsenal, cara B: único equipo de Primera que perdió ante uno de cuarta
Si además de los tres por victoria y uno por empate añadimos un punto extra para los triunfos en las definiciones por penales, tenemos que la efectividad de los equipos de Primera fue del 53,1 % ante los de segunda, 55,2 % contra los de tercera y de 87,5 % con los de cuarta.

En los octavos de final de la actual edición, cuatro equipos de Primera enfrentarán a equipos de otras divisionales. Tres, a conjuntos de la B Nacional, de los cuales dos acaban de descender —Colón y Argentinos Juniors, que se cruzarán con River y Racing, respectivamente— y el otro estuvo a punto de ascender en junio y viene de eliminar a Boca —Huracán, que chocará con Quilmes o Banfield—. El cuarto caso es el de Atlético de Rafaela, cuyo rival será Talleres de Córdoba (hoy en día en el Argentino A). Si se mantiene la tendencia, sólo pasarán dos equipos de Primera División.

De los otros cuatro choques, tres enfrentan a equipos de Primera entre sí (San Lorenzo-Defensa y Justicia, Rosario Central-Tigre y Estudiantes-Independiente), mientras que el restante cruza a un equipo del Nacional B (Instituto de Córdoba) con uno de la B Metro acostumbrado a hazañas en este torneo (Estudiantes de Caseros).


LA CALIDAD Y LA EMOCIÓN

La crítica más frecuente que se realiza desde la Argentina hacia las grandes ligas europeas apunta al abismo que se cierne entre los grandes y los no grandes: la aristocracia de equipos como el Bayern Munich, la Juventus, Barcelona y el Real Madrid. Y no le falta razón, más allá de que, cada tanto, aparezca un milagroso Atlético de Madrid que les arrebate la liga.

Imbuidas en este argumento (que parece valerles para ignorar cualquier mérito o virtud de estas competiciones), muchas personas ven en su opuesto —la paridad— el modelo más deseable. Así, ensalzan el momento actual del fútbol argentino, dada la «emoción» de sus certámenes, que «siempre todos juegan por algo» y que «cualquiera le gana a cualquiera». Estos argumentos son ciertos, está claro, pero no lo es su conclusión.

El fútbol nos gusta tanto porque es bastante más que «emoción». Es un bello arte, compuesto de habilidad, astucia, combinaciones, agilidad, precisión, estrategia, improvisaciones. La suma de talentos hacen que unos equipos sean mejores que otros, y se impongan. Pero los talentos sobresalientes, igual que en los restantes órdenes de la vida, son recursos limitados. Todos los equipos de una competición no pueden ser buenísimos, pero sí todos pueden ser mediocres. Y esta suele ser la realidad de las ligas en las que —como en la argentina— «cualquiera le gana a cualquiera».

Por eso, números tan equilibrados como los de los crucen entre Primera y segunda y, más aún, tercera, no son una buena noticia, sino que hablan del bajo nivel del fútbol argentino actual. Por supuesto, esto no tiene nada que ver con favorecer a unos o perjudicar a otros: sin importar los nombres propios, sería deseable que los de más arriba fueran mejores que los de más abajo. De lo contrario, los que están más abajo son prácticamente todos. ■


* Falta jugar un partido de dieciseisavos de final, Banfield-Quilmes, postergado debido a la muerte de Julio Grondona.

31 de julio de 2014

por Cristian Vázquez

San Lorenzo y Vélez, dos de los cuatro equipos porteños en Primera
El próximo campeonato de Primera División será el de menor participación de equipos de la ciudad de Buenos Aires en toda la historia del fútbol argentino. Apenas 4 equipos porteños representarán al distrito que históricamente siempre ha aportado más participantes a los torneos: Boca, River, San Lorenzo y Vélez. La cifra es la más baja en términos absolutos (4) y también relativos (20 %).

Un observador desprevenido podría ver en este hecho una paso importante hacia la tan mentada (y reclamada) federalización de nuestro fútbol. Sin embargo, este dato está lejos de poder sostener tal afirmación. Y es así porque la reducción de la cantidad de equipos de la Capital no se debe a la mayor presencia de las provincias, sino del Conurbano bonaerense. Es decir, municipios que rodean a la gran ciudad y que forman parte de su misma área metropolitana.

Ocho equipos del Gran Buenos Aires (GBA) participarán en el campeonato venidero: Racing, Independiente, Banfield, Lanús, Tigre, Quilmes, Arsenal y el debutante Defensa y Justicia. Salvo Tigre, todos de la zona sur. El territorio que representan en los partidos de Avellaneda, Lanús, Lomas de Zamora, Quilmes y Florencio Varela es de un tamaño similar a la Capital Federal.

Este parece ser el verdadero dato a destacar: nunca un torneo de Primera División había contado con 8 equipos (un 40 % del total) del Gran Buenos Aires. Los títulos recientes obtenidos por Lanús, Banfield y Arsenal —los primeros en sus respectivas historias— también son datos considerables del aumento del poder de los equipos de esta región, que acompañan al crecimiento demográfico que experimentó en las últimas décadas. El descenso en mayo de Argentinos Juniors y All Boys, y el ascenso de Banfield, Defensa y Justicia e Independiente, acabaron por configurar este nuevo escenario.

Cambiar para que nada cambie: más allá del progreso del GBA en detrimento de la Capital, el área metropolitana de Buenos Aires aportará 12 de los 20 equipos de este torneo. Es cierto que la población del país está muy concentrada en esa zona, pero allí viven unas 13,5 millones de personas, alrededor de un tercio del total. Sus equipos en Primera, sin embargo, duplican esa proporción: son dos de cada tres.

La representación del resto de los territorios del país sigue siendo escasa. Este torneo tendrá a dos equipos de La Plata (ciudad que, por cierto, está al lado de Buenos Aires), dos de Rosario y apenas uno de Bahía Blanca, Córdoba, Mendoza y Rafaela, respectivamente. Demasiado poco.

Sin contar los antiguos torneos Nacionales, disputados entre 1967 y 1985, la participación de los equipos de Capital y GBA en Primera nunca bajó del 50 %. Hasta el Metropolitano de 1979, siempre había sido superior al 70 %, y desde los años 80 en adelante se mantiene casi invariablemente en torno al 60 %. Exactamente como ahora.


HACIENDO HISTORIA

Desde su inauguración en 1931, los torneos profesionales del fútbol argentino estuvieron conformados por equipos de Buenos Aires y municipios de alrededor (Avellaneda, Victoria, Remedios de Escalada y Quilmes, en el primero), más los dos grandes de La Plata (Gimnasia y Estudiantes). Ocho años más tarde se incorporaron los dos grandes de Rosario, Newell’s y Central. Más allá de la participación esporádica de Central Córdoba de Rosario (1958 y 59), esa estructura se mantuvo casi sin modificaciones hasta finales de los años 60.

Tuvieron que pasar 27 años para que hubiera una plaza nueva en la Primera División: en 1966 se incorporó Colón de Santa Fe, y Unión lo hizo un año después. Fue entonces, en 1967, cuando tuvo lugar la primera gran reestructuración del fútbol argentino. A partir de entonces se jugaron dos torneos anuales: el Metropolitano, básicamente similar a los que se venían disputando hasta ese momento, y el Nacional, en el que a todos o a buena parte de esos equipos se incorporaban una serie de equipos de plazas que, hasta entonces, no habían competido en el fútbol oficial de la AFA.

En total se jugaron 19 torneos Nacionales, con un promedio de 28 equipos cada uno. En los primeros hubo sólo 16 conjuntos y con el tiempo muchas ediciones llegaron a tener más de treinta, con el récord de 36 en 1974.

No se puede decir que los Nacionales no contribuyeran con la integración de nuevos equipos, sobre todo de las provincias. En los primeros 36 años de profesionalismo se jugaron 36 torneos de Primera, con la participación de 26 equipos. En los siguientes 18 años y medio, se jugaron 37 campeonatos, con la friolera de 88 equipos participantes. 60 equipos del interior debutaron en la Primera División en los Nacionales. Sólo 13 de ellos (Chaco For Ever, Mandiyú de Corrientes, Atlético y San Martín de Tucumán, Instituto, Belgrano, Talleres y Racing de Córdoba, Olimpo de Bahía Blanca, Godoy Cruz de Mendoza, San Martín de San Juan, Gimnasia y Esgrima de Jujuy y Gimnasia y Tiro de Salta) volvieron a jugar al menos una temporada en Primera después de 1985, cuando aquellos torneos dejaron de organizarse.


Talleres-Independiente, final del Nacional 1977
Quizá lo más destacado de la era de los Nacionales fue la irrupción y el momento de gloria de los clubes cordobeses a finales de la década del 70 y comienzos de la del 80, con grandes campañas, como la del recordado subcampeonato de Talleres en 1977. Así se ganaron el acceso a los torneos Metropolitanos: Talleres en 1980, Instituto en el 81 y Racing en el 82. Córdoba tuvo cinco representantes (Talleres, Instituto, Racing, Unión San Vicente y Estudiantes de Río Cuarto) en el Nacional 83, seis en el 84 (los mismos de antes más Belgrano) y de nuevo cinco en el 85 (los del año anterior excepto Unión San Vicente), cifras nunca alcanzadas por ningún otro distrito salvo Capital y Gran Buenos Aires.

Con la adopción de los calendarios al estilo europeo y la creación del Nacional B, los equipos de fuera de Buenos Aires encontraron una divisional a la que pertenecer sin tener que clasificar cada año para competir en ella, pero su participación en los torneos de Primera fue mucho más baja. Las 30 temporadas desarrolladas entre la 1985/86 y el inminente campeonato 2014 han contado con un total de 599 plazas (19 en el primer torneo y 20 todos los demás). De ellas, 357 correspondieron a equipos de la Capital y el GBA (el 59,6 %), 57 para los de La Plata y otros 57 para Rosario (9,5 % cada uno), 42 para Córdoba (7 %) y 40 para Santa Fe (6,7 %). Todas las demás provincias que tuvieron alguna participación (Mendoza, Tucumán, Jujuy, Salta, San Juan, Chaco, Corrientes y el resto de Buenos Aires) sumaron, en total, 46: un escasísimo 7,7 %. Sólo cuatro equipos del interior que no habían jugado en los viejos Nacionales llegaron a Primera en esta etapa: Atlético de Rafaela, Huracán de Tres Arroyos, Huracán de Corrientes y Tiro Federal de Rosario. Y las 13 provincias restantes (Catamarca, Chubut, Entre Ríos, Formosa, La Pampa, La Rioja, Misiones, Neuquén, Río Negro, San Luis, Santa Cruz, Santiago del Estero y Tierra del Fuego) no tuvieron ninguna participación.


CAPITAL Y GRAN BUENOS AIRES: LOS NÚMEROS DEL PREDOMINIO

Volviendo a la cantidad de equipos de la Capital en el próximo torneo, la cifra más baja hasta ahora era 5, lo que había ocurrido en cinco ocasiones: el Nacional 1968 (compuesto por sólo 16 equipos) y las temporadas 2003/04, 2004/05, 2005/06 y 2011/12. En 13 casos, en tanto, hubo 6 clubes porteños: el torneo de 1948 (también compuesto por 16 equipos), tres de los viejos Nacionales (1967, 69 y 70) y 9 de las restantes 11 temporadas jugadas a partir del cambio de siglo. La caída en la cantidad de equipos capitalinos es, evidentemente, una tendencia de los últimos tres lustros.

En 25 de los 102 campeonatos profesionales (incluyendo como un solo campeonato las temporadas que van desde la 1991/92 y la 2013/14, que consagraban dos campeones cada una pero eran jugadas por los mismos equipos), los equipos de la ciudad de Buenos Aires representaron la mitad o más de la mitad del total. Y en otros 33, al menos el 40 %. Pero de la temporada 1999/2000 en adelante, los porteños han sido en promedio el 29 % de los equipos de Primera.

Los equipos del Conurbano, por su parte, fueron en promedio entre el 25 y el 30 % del total en los torneos entre 1931 y 1966. Entre 1967 y 1985, fueron el 26 % en los Metropolitanos y el 16 % en los Nacionales. Entre 1985 y 2000, mantuvieron un promedio del 21 % del total, mientras que en la década y media siguiente el promedio subió hasta el 31 %. El 40 % del próximo, como hemos dicho, será la marca máxima.

Este segundo semestre determinará una decena de ascensos a la categoría mayor y, por ende, una nueva configuración del mapa de la Primera División. Habrá que si la Capital mantiene su tendencia al retraimiento, si el GBA sigue creciendo y qué pasa con el resto de las provincias. De todos modos, está claro que multiplicar el número de equipos en la división mayor no es una solución mágica para lograr una federalización real del fútbol argentino. Las decisiones que se deben tomar son, claramente, otras. ■

por Cristian Vázquez

El reconocido historiador Eric Hobsbawm llamaba «siglo XX corto» al período transcurrido entre el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, y la extinción de la Unión Soviética, en 1991. Menos de ocho décadas que, según él, conformaban un bloque lo suficientemente sólido para que, cuando habláramos del siglo XX, nos refiriéramos, en términos políticos, a él. El siglo XXI fue mucho más puntual: comenzó el 11 de septiembre de 2001, cuando la mayor potencia mundial jamás existente fue atacada por primera vez en su propio territorio. Y el mundo se puso, otra vez, patas arriba.

Para el fútbol argentino, pasó lo contrario: el siglo XX fue demasiado largo. De hecho, se acabó ayer. Cien años y dos días después del comienzo de la Primera Guerra, Julio Humberto Grondona se murió. Así fue cómo se acabó su patriarcado en la Asociación del Fútbol Argentino, después de más de 35 años.

35 años. Empezó el 6 de abril de 1979. Yo tenía un año y 41 días de vida. La junta militar de Videla y compañía llevaba tres años torturando, matando e implementando su neoliberalismo atroz. El presidente de Estados Unidos era Jimmy Carter, Juan Pablo II no llevaba ni un semestre como Papa y faltaba un mes para que Margaret Thatcher ganara las elecciones generales en Gran Bretaña. Al Sha de Irán lo habían derrocado tres meses antes, y la Unión Soviética todavía no había invadido Afganistán. Todo eso que suena tan viejo, a blanco y negro, a historia de nuestros padres. Todo eso pasaba o estaba por pasar, y Grondona ya era presidente de la AFA.

No abundaremos aquí sobre los posibles méritos y los horrores de su gestión. Los conocemos de sobra, y en cualquier caso todo el mundo los menciona en estos días.

El caso es que esa gestión se acabó ayer. Justo después de un Mundial, el Mundial en que los argentinos recuperamos el orgullo. Justo en los días en que se había acabado un ciclo en la conducción del seleccionado y está por comenzar otro. Dos días antes del comienzo del nuevo campeonato, un torneo de transición destinado a amoldar el calendario del fútbol al de la naturaleza, después de tres décadas de importanción fallida.

Es decir: pocos momentos parecen tan oportunos como este para barajar y dar de nuevo. Hacer borrón y cuenta nueva y soñar con un fútbol mejor. Fútbol en el sentido más amplio posible de la palabra: menos corrupción, más orden, menos violencia, más igualdad, menos amiguismos, más trabajo. Es posible. El ejemplo de Newell’s nos permite soñar: tras sufrir durante 14 años la nefasta dirigencia liderada por Eduardo José López, el club se deshizo de él y empezó a mejorar. Hoy en día, el equipo rosarino vive una situación institucional calma, sus ídolos vuelven para vestir su camiseta (Maxi Rodríguez, Heinze, Scocco), y eso redunda en buenos resultados futbolísticos.

Pocos momentos parecen tan oportunos. Ojalá no lo recordemos en el futuro como otra oportunidad desaprovechada. Ojalá empecemos de una vez el siglo XXI. ■

15 de julio de 2014

por Cristian Vázquez

Podría ser que Higuaín y Messi hubieran estado mucho más finos en la definición el día de la final y que hoy fuéramos campeones del mundo. Y estaríamos felicísimos. Y quizás, en medio de la borrachera de esos festejos, alguien jugara a imaginar: «Mirá si nuestros delanteros no hubieran estado en su día y terminábamos perdiendo el partido». «Te imaginás», le habría respondido otro, y aquella perspectiva fugaz habría sido la del desconsuelo, una tristeza infinita, preguntarse sin poder responder por qué el destino tendría que ser tan cruel. Luego lo olvidarían para siempre y seguirían celebrando.

En esa realidad —que para esos seres hipotéticos es una realidad alternativa— vivimos nosotros.

Y nosotros también podemos, por supuesto, jugar a imaginar realidades alternativas. No pretendo ser el que escriba la historia de lo que pudo haber sido, como canta Calamaro. Pero, después de ver las reacciones que nos produjo el subcampeonato, se me dio por pensar qué habría pasado si aquella tarde Di María fallaba el remate (como fallaron el Pipita, Palacio y Leo en el partido decisivo) y si, horror de los horrores, perdíamos por penales contra Suiza.

Se me ocurren algunas cosas: habríamos vuelto a casa doce días antes, la Argentina habría ocupado el 9º puesto en la tabla final, nadie habría salido a la calle a celebrar nada, habríamos tenido el ánimo por los suelos durante varios días y la autoestima futbolera aún más baja que antes del Mundial, muchos habrían dejado de ver los partidos, habríamos dedicado el resto del torneo a desear que Brasil quedara eliminada y no habríamos tenido escrúpulos en gritar los siete goles de Alemania en la semifinal, los jugadores no habrían sido recibidos por la presidenta, no nos habríamos reído con los mil chistes sobre Mascherano, no veríamos en Sabella a un estratega y al responsable de un modelo de trabajo serio y responsable, ni tampoco habríamos destacado valores positivos como la unión y la sinergia del grupo, encontraríamos para el nuevo fracaso multitud de culpas propias y ajenas, creeríamos que los jugadores juegan mal en la selección porque no ganan allí tanto dinero como en sus clubes, muchos habrían estado convencidos de que la suerte habría sido distinta con Carlos Tévez en el plantel, hablaríamos de la necesidad imperiosa de que se vaya Grondona de una buena vez y de reestructurar radicalmente el fútbol argentino, nadie habría relacionado los resultados de la selección con la inferioridad o superioridad física e ideológica de un pueblo, nos habríamos lanzado al debate sobre quién tendría que ser el reemplazante de Sabella, porque Sabella, obviamente, no habría debido continuar. Etcétera.

Todo eso y quién sabe cuántas cosas más, si Ángel Di María le pegaba mal, o si el arquero suizo la atajaba, o si Suiza empataba en los minutos para el infarto que transcurrieron desde el gol y hasta el final, con tiro en el palo incluido, y luego, en los penales, la Guardia Suiza resultaba más papista que el Papa.

Ya sé, ya sé: muchos estarán pensando que si su abuela tuviera ruedas sería una bicicleta.

Pero muchos creemos que en fútbol —y en muchos otros órdenes de la vida— no deberían evaluarse sólo los resultados, sino sobre todo los procesos. Y mucho más cuando un resultado depende de pifiar un remate o de la mayor o menor habilidad de un jugador contrario.

Y sería bueno recordar estas cosas cuando una derrota como esa (eliminados por penales contra Suiza en octavos de final) no ocurra en una realidad alternativa que sólo tiene lugar en nuestra imaginación, sino en la realidad única y palpable en la que vivimos.

La alegría del subcampeonato no debería ser el árbol que nos impidiera ver el bosque. El fútbol argentino sigue necesitando de profundas reestructuraciones. Sigue necesitando de firmes y valientes decisiones para eliminar la corrupción en la AFA, combatir la violencia omnipresente en el fútbol (dentro y fuera de los estadios), fortalecer los clubes para que dejen de vivir constantemente al borde la quiebra, procurar que las divisiones juveniles sean escuelas en un sentido amplio y no sólo fábricas de jugadores listos para una exportación rápida y masiva, y reorganizar los campeonatos para eliminar la histeria exacerbada y premiar los procesos a largo plazo. Ser subcampeones del mundo podría ser un buen contexto para iniciar ese camino. ■

27 de noviembre de 2013

por Cristian Vázquez

Al derrotar a Jordania por un marcador global de 5-0, Uruguay se convirtió en el último clasificado para el Mundial de Brasil 2014. El acceso a la más importante de las competiciones deportivas dio lugar a mucho entusiasmo en el país oriental. Una de sus manifestaciones más pintorescas fue un anuncio publicitario realizado por la empresa de indumentaria deportiva Puma —que viste al seleccionado de ese país— en el que se ve al «Fantasma del 50», una figura cubierta por una sábana de color celeste y con el número 50 en la espalda, paseando por las playas de Rio de Janeiro y asustando a los locales.


Es habitual que a un entusiasmo grande le sucedan reacciones similares de signo contrario. Cito un fragmento del texto que publicó en su muro de Facebook un escritor uruguayo.

A veces da vergüenza haber nacido en Uruguay. Todo el asunto de la nostalgia de Maracaná y el gol de Ghiggia (tuve que googlearlo para enterarme de que no estaban hablando de una posible novia del Topo Giggio) deja bien claro que demasiada gente acá es incapaz de pensar en el presente y no recurrir interminablemente a una presunta gloria antiquísima. […]

No me extrañaría que pronto empiecen a hablar de nuevo de la «garra charrúa»; insistir en el siglo XXI en esa pretendida construcción de nuestra identidad desde un pueblo que quizá no existió como tal y que después exterminamos y que después, parece, no exterminamos del todo bien, es patético. Uruguay nunca debió ser un país, y ahora yo preferiría, si tuviera que elegir (que no tengo por qué, por suerte, y acá me acuerdo del gran Sagan y su noción de «ciudadano del cosmos»), ser argentino.

Como también es habitual, una provocación de este tipo (el propio autor la califica como tal) genera sus propias muchas reacciones, aunque en general no se produjeron desmanes dialécticos. Uno de los comentarios más divertidos me pareció el de alguien que explica: «Lo mejor es autocalificarse, como hacía Borges con nosotros, como un “oriental”, o, como yo digo para molestar a xenófobos, un argentino del Este».

Lo de ser un argentino del Este me recordó mucho el caso de Austria en relación con Alemania: el nombre del país en alemán (la lengua que hablan los austríacos) es Österreich, que quiere decir, literalmente, Reino del Este. Es decir, los austríacos se definen a sí mismos en relación con Alemania.

Un comentario dice que «ser uruguayo es un sentimiento, creo que igualmente que ser argentino o español. Depende o dependió de la política, la diplomacia, pero ¿dónde no?». El autor del post original le responde que «quizá ser uruguayo (o ser de cualquier país) sea un sentimiento, el asunto es cuando ciertos grupos reclaman el monopolio de la administración y caracterización de ese sentimiento».


15 de agosto de 2013

por Miguel Ángel Ortiz Olivera

El término esfera proviene del griego sphaîra, que significa pelota. Ya los griegos se hacían esta pregunta: ¿existe algo más perfecto que la esfera? Si se la formulásemos al mexicano Juan Villoro, probablemente nos contestaría que no; solo hay que ver el título de su famosa crónica futbolística: Dios es redondo. En esta Biblia balompédica, Villoro rastrea el misterio que desprende la hierba de un estadio, el secreto que encierran los palos de una portería o la mística que hace que, las noches de partido, miles de gargantas coreen al unísono un mismo himno.

Villoro define el fútbol como «el deporte que ha hecho de la patada una de las bellas artes». Para él, el fútbol no son veintidós tíos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota sobre un pasto verde. Para él (y para nosotros) el fútbol es un modo de vida o, mejor dicho, un modo de dar sentido a lo que nos rodea. En los primeros compases del libro, Villoro defiende que el fútbol es para ser narrado una y otra vez; que es terreno, no del novelista, sino del cronista. «El fútbol es, en sí mismo, asunto de la palabra».


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